Aquella tarde de viernes llovieron relojes sobre la ciudad. No fueron, sin embargo, relojes cualesquiera. Podrían haber llovido pesados artefactos de péndulo, lo que sin duda hubiera ocasionado una catástrofe .Podrían haber sido despertadores, o cronómetros, o quizás relojes de pulsera, pero no fue así, sino que, a merced de un extraño azar, cayeron del cielo preciosos relojes de bolsillo: redondos, chapa dorada, números romanos, estilo inglés.
El estrépito que causaron al empezar a chocar contra el suelo cogió desprevenidos a los paseantes, entre los que figuraba yo. Y mientras, repentinamente, el mundo se apresuraba como enloquecido a quitarse sombreros y chaquetas y a abrir con afán bolsas y cestos para recoger cuantos les fuera posible, decidí yo cubrirme la cabeza con un viejo libro nuevo, riendo, llorando, caminando sobre una alfombra de cristales rotos y de ruedecillas dentadas, de diminutos tornillos y tuercas, mientras a mi alrededor saltaba de alegría el que más relojes había logrado salvar de tan funesto fin.
Absorta en contemplar el espectáculo, ni tan siquiera noté que uno de ellos había caído en mi bolsillo, hasta que, tras haber pisado ya demasiado suelo crujiente, me hallé ante una tienda oscura cuyo rótulo exhibía un extraño nombre:”La caverna de los siete durmientes”.
Al contemplar con detenimiento el aparato advertí que era idéntico a cualquiera de los que hubiera visto ya, salvo por una ligera diferencia: no tenía manecillas.
Pero aquel local oscuro y misterioso parecía llamarme como el flautista de Hamelin llamaba a los niños con su flauta, de modo que entré, para pasar a formar parte por un momento del universo de los inexistentes, donde los números flotaban en órbitas ovales alrededor de enormes ceros, que parecían custodiar el camino hacia la sala principal: una esfera imaginaria, la esfera de la gran contradicción, de cuyo centro pendía un móvil que hacía colgar de sus hilos todos los relojes de la historia. Bajo él, un ermitaño cuyas pupilas eran relojes de arena enterraba vivos a los siete durmientes.
sábado, 13 de junio de 2009
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