Soy perfecta. No es un alarde de crasa inmodestia, es una realidad. Mi cuerpo es perfecto, sintético, resistente, inmune al dolor, al calor, al frío y a las necesidades básicas. Cada uno de mis músculos está perfectamente preparado para responder a los impulsos nerviosos con una rapidez que desafía las leyes de la física, y está controlado hasta el más mínimo detalle por mi mente, lógica, matemática y exacta...
Soy perfecta, pero no es algo que haya conseguido por mí misma, de modo que no me enorgullece.
El 24 del quinto decenio de la era xxx se produjo el accidente más catastrófico recordado en los anales de la policía del distrito 13; fue un choque en cadena en el que varios vehículos que estaban de servicio quedaron literalmente pulverizados. La única superviviente fui yo. Mi cerebro, órgano que de un modo milagroso quedó prácticamente intacto en comparación con el resto de mi cuerpo, fue conservado en un tanque de fluidos nutrientes mientras una delegación del gobierno proponía al comisario jefe una solución solvente y viable a la desgracia acaecida, una solución conveniente que me afectaba de un modo directo y en la que jamás tomé parte.
La reconstrucción de mi ser no fue difícil. Se empleó una combinación de tejidos y órganos clonados junto con material cíborg inífugo y resistente a cualquier alteración externa. De mi materia gris se hizo una copia prácticamente exacta, una versión acorde a las funciones que debería realizar el cuerpo fabricado, capaz de recopilar sin dificultades todas mis experiencias y recuerdos pasados. El resultado fui yo, de nuevo yo, pero nunca más yo.
Los primeros días de trabajo noté la estupefacción de mis compañeros al observarme. Parecían no saber cómo reaccionar ante mí. Su lentitud era una traba para mi eficiencia y su sorpresa contenida, un freno a la hora de trabajar en equipo.
Me ascendieron en seguida. Pasé a colaborar estrechamente con el jefe de brigada, un individuo completamente humano, entrenado y dedicado en cuerpo y alma al servicio, o quizá a su erróneo sentido de la obligación para con su trabajo, según me dictaba mi memoria pre-traumática. Hasta el día del accidente había sido el mejor. Era hábil, capaz, intuitivo, rápido a la hora de tomar decisiones. Sus reflejos eran impecables y su musculatura respondía sin falla a los estímulos. La primera vez que le salvé la vida no me sorprendí. Él sí. La extenuante tarea de trabajar de continuo al aire libre en misiones de alto riesgo apenas hacía mella en mi persona, pero agotaba a mi compañero de un modo que, en mi vida anterior, nunca habría imaginado ver; pero por otro lado, esta actividad sin tregua impedía la recuperación de mi lado más humano, que todavía latía en algún rincón de aquel cuerpo incongruente; el desarrollo ininterrumpido de mis nuevas capacidades adquiridas no me dejaba apenas tiempo para recordar quien había sido, ni para pensar en quién era. El hacerlo no parecía reportarme ningún beneficio palpable. Pero de vez en cuando no había otra opción.
En una ocasión, de los ocho componentes del grupo de asalto el jefe y yo quedamos a solas. Escapábamos un vagón de tren de hipervelocidad; teníamos que salir antes de que la puerta hermética del compartimento se sellara con nosotros dentro. Todos saltaron a tiempo; el jefe, en contra de lo previsto, se apeó antes que yo a un lado de la puerta. Salí la última. El vagón se cerró con violencia, agarrándome parte de la ropa, ningún miembro. Calculados el riesgo, el tiempo, la demora en el salto y la distancia respecto de nuestros compañeros me arranqué el uniforme de un gesto y salté llevándome al jefe por delante. Una vez en tierra comprobé que él no hubiera sufrido daños y calculé las coordenadas para fijar un punto de reunión con los demás a través del comlink. Algo iba mal;él me miraba con insistencia. En su rostro había un extraño rubor. La información que buscaba no estaba en los datos de la presión atmosférica ni en el historial de mi superior; miré hacia abajo mecánicamente. Estaba desnuda y mi desnudez, que para mí no tenía ya el menor significado, provocaba la vergüenza de un hombre joven que no podía dejar de recordar que, durante mis días pre-traumáticos, había estado enamorada de él.
El paso del tiempo e información de semejante índole recopilada en momentos puntuales acabó por darme indicios suficientes de algo a lo que no encontraba sentido razonable. El jefe de brigada se sentía atraído por mí, por mi perfección, al tiempo que ésta era la que lo alejaba de mí como un revulsivo, creando un insondable abismo entre ambos. Tal reacción era ilógica, incoherente. Tal reacción sólo podía ser humana.
En la comisaría todo el mundo empezó a olvidar mi pasado. La falta de tacto con que empezaron a tratarme no hizo el menor efecto en mis emociones, que consideraba absolutamente innecesarias y que relegué al último plano de mi existencia.
La muerte del jefe de brigada despertó en mi fuero interno un resquemor de algo que yacía enterrado hacía demasiado tiempo. No había sido culpa mía. La bala que yo había tratado de interceptar le destrozó el cerebro. Nade supo jamás que ofrecí que se usara el mío para reponer las partes inutilizables del suyo. Nadie, salvo quienes certificaron su irreversible condición, supo jamás que rogué que hicieran con él lo que habían hecho conmigo, aunque eso supusiera amputar partes de mi cuerpo temporalmente para transferírselas. De la Jefatura General respondieron que sumirme en un estado de inactividad, aunque fuera sólo unas horas, no les salía rentable. Yo era su mejor apuesta, y no podían permitirse tenerme fuera de servicio. El coste del proyecto que me había reconstruido tampoco permitía repetirlo en esos momentos.
Me dieron su puesto. Acudí al entierro. Los asistentes pensaron que lo hacía en observancia de una mera formalidad. La amalgama de sentimientos incomprensibles que emergían de mi subconsciente relegado al olvido turbaba mi visión de las cosas. Guardé la posición; mi nuevo cuerpo no estaba diseñado para permitirme llorar o sollozar. Los presentes tampoco lo sabían.
Escapé. Necesitaba recordar la razón de mi ser. Se me buscó durante largo tiempo, pero conocía los métodos de mis captores. Eran los míos. Los proyectos posteriores utilizaron mezclas de clones con robots, pero nunca más cihíbridos, como yo; los clones cíborg podían ser adoctrinados desde la infancia. El hecho de que los cuerpos fueran en parte humanos, los hacía capaces de morir. Eran material reciclable.
Quienes me perseguían murieron hace tiempo. Viajo de ciudad en ciudad, de lugar en lugar, adonde nadie me conoce. Cuando mi prolongada juventud despierta sospechas, desaparezco. Como un fantasma errante, sola con mis pensamientos.
Corro más rápido que los demás, pero no saboreo la victoria. Noto el sol que calienta a las personas y las cosas; puedo calcular su inflexión, sus efectos, su temperatura, pero su caricia me deja indiferente. Siento que sé lo que es el amor, pero no puedo alcanzarlo. Sólo hay una cosa que no recuerde y que dé sentido a mi búsqueda: necesito saber qué es la esperanza.
sábado, 13 de junio de 2009
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