Advertencia: esto es una elucubración propiamente dicha. A falta de un método válido para separar historietas de reflexiones "en voz alta", la incluyo seguida de una relato perfectamente legible acompañada de esta pequeña nota introductoria...
Diversos versículos bíblicos me vienen a la mente si de enfatizar se trata la importancia, muchas veces infravalorada, del nombre o reputación que uno se crea a fuerza única y exclusivamente de los propios actos. Recuerdo el proverbio que reza que el buen nombre es mejor que el buen aceite, o el que, sin ir más lejos, asevera que el día de la muerte es mejor que el del nacimiento, resultando una verdadera fuente de confusión para todos los que lo oyen o leen fuera de contexto.
La pura realidad es que, del mismo modo que el rostro de cualquiera de nuestros semejantes no tiene más poder que el de transmitirnos una información que, en términos generales, está estrictamente relacionada con la armonía y belleza de los rasgos de su tenedor (ya sea por haber o por defecto), un niño recién nacido, a pesar de la alegría que nos cause, no es más que la promesa en potencia de alguien que no sabemos cómo será, y del que no podemos más que aventurar detalles que, a menudo, poco tienen que ver con lo que el individuo demuestra ser con el tiempo, el desarrollo y la consolidación de la propia consciencia. Con el fin de encarrilar a sus retoños, algunos padres, familiares, dinastías e incluso sociedades enteras conceden a estos pequeños vástagos títulos, obligaciones futuras e incluso carnés de pertenencia a equipos de fútbol o partidos políticos, creando con frecuencia lo que podríamos llamar un efecto rebote que se refleja en el total rechazo del ente adulto ante las expectativas creadas, o en la frustración constante de los mismos ante la imposibilidad de cumplirlas. Esto nos facilita la conclusión de que lo que uno es o en lo que se convierte depende casi en exclusiva de nosotros mismos, y más si tenemos en cuenta que, de lo que en la vida nos ocurre, un diez por ciento se compone de los hechos en sí, mientras que el otro noventa, del modo como nos enfrentamos a ello, reacción incluida... de modo que la próxima vez que tengáis la desdicha de asistir al entierro de un amigo, un familiar o un conocido, os invito a que miréis al rostro del yaciente con atención y meditéis por un momento en quién fue, que representó para vosotros y para los que lo rodearon. Cuando os encontréis con alguien que conozcáis por la calle y habléis con él, contemplad sus rasgos al tiempo que abrís la caja de pandora de vuestras mentes para analizar esas mismas preguntas, y poco a poco, quizá, lograréis atisbar que las verdaderas armonía y la belleza (en su haber o en su ausencia) poco dependen de los cánones y de los elementos tangibles; discerniréis, tal vez, que un noble perfil no está ligado a la rectitud griega de una nariz o a la amplitud de una frente despejada ; puede ser, experimentéis en vosotros mismos que el atractivo de una mirada de aspecto audaz y penetrante se empaña o incluso cae en picado al analizar a la persona más de cerca.
Somos lo que elegimos, lo que forjamos un segundo tras otro, y que en definitiva será lo que quedará en la memoria de quienes nos recuerden, y más importante aún, en la memoria del Altísimo, que deba considerarnos dignos o no de su misericordia y de ser inscritos en el libro de la vida.
Porque, que nadie lo dude, ninguno ser humano está obligado a ser quien no desea...
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