A continuación, un inquietante relato corto sobre la integridad...
Tic.
Tac.
Tic.
El pulso del mundo
El pulso del mundo era …
…era un tic-tac desacompasado y arrítmico que respondía a algún parámetro de la relatividad que él desconocía.
Como en el truco de un prestidigitador, como las ondas en el agua al lanzar una piedra, los tics y los tacs se espaciaban en el tiempo….
… en intervalos cada vez más largos…
… casi inacabables.
El pulso del mundo. La consciencia constante, acuciante de todos los tics y los tacs posibles al entendimiento humano, de los pasados, de los presentes, de los que acaso hubiera en mundos paralelos, de los que aún estaban por venir.
Entre tic y tac, el minúsculo cubículo se estrechó todavía más, todavía un poco más; y un poco más, hasta que sintió que las paredes de la caja ya no tan solo le oprimían los miembros encogidos al máximo, sino también los pulmones, en los que apenas entraba el aire, las costillas clavadas por a la forzada contorsión de la caja torácica, flexionadas las rodillas haciendo presión sobre el pecho, hincándose con insistencia en un afán suicida de encontrar un sitio donde colocarse, paradójica e irremediablemente a costa de asfixiar a su dueño. Y la oscuridad, la oscuridad que se pegaba a sus ojos, sus oídos y su boca como un velo de brea. Los primeros momentos de cautividad habían estado a punto de provocarle un ataque al corazón, de llevarlo directamente a la locura, pero con el paso del tiempo, un tiempo del que había perdido toda noción, el pánico, la histeria, la claustrofobia, la angustia y la ansiedad habían remitido ligeramente, dejándolo sumido en un estado de constante desespero en el que el recuento de los segundos, el dolor muscular in crescendo y los reproches hacia su propia persona parecían ocupar el estadio más inmediato de su consciencia activa. Se maldecía a sí mismo por la envergadura de su cuerpo, pues de haber sido más pequeño quizá le habría permitido disponer de un poco más de espacio, tal vez unos milímetros en un momento en que todo poco resultaba ser mucho. Sus espaldas eran demasiado anchas, sus manos demasiado grandes, su tórax demasiado amplio... Nunca antes se había planteado que su propio físico pudiera ser un enemigo tan encarnizado, quizá porque nunca antes se había notado todos los miembros a la vez. Como cuando nos cortamos la yema de un dedo, reflexionó, nos cortamos y no podemos usar el dedo para nada… entonces, misteriosamente, nos lo golpeamos de continuo, lo necesitamos para todo, y si algo se nos cae, va a parar siempre allí donde nos duele.
Dolor.
Un dolor que venía en oleadas cada vez más extensas, como una náusea que se agudiza y llega su punto culminante, cuando el individuo expulsa de sí aquello que la provoca…
Semiinconsciente y musitando salmos tal como Jonás hizo en la estrechez del vientre del gran pez, cayó en la cuenta de que todo proceso tenía su punto álgido, y que luego, fuera lo que fuese, ese mismo proceso tendía a remitir, hasta desaparecer… En aquel instante, fue consciente de que su sufrimiento había tocado fondo. Quienes le habían encerrado en aquella especie de vasija mortuoria buscaban que se odiara a sí mismo, que odiara todos y cada uno de sus miembros… no importaba que hubieran sido más pequeños, porque en tal caso el vaso cánope habría sido asimismo aún más minúsculo, y el resultado hubiera sido idéntico.
Quienes le habían confinado a aquella lenta e ignominiosa tortura esperaban que maldijera las convicciones que le habían llevado hasta aquel estado de agonía inenarrable… pero de haber claudicado, habrían buscado el modo de quebrantarle alegando otros motivos, haciendo de su vida una infernal esclavitud en la que el peor castigo serían sus propios remordimientos.
Por un momento sopesó lo que todo esto significaba, y la luz entró como un rayo en su empañado entendimiento.
Lenta y comedidamente, como sumido en un sopor febril, empezó a reconciliarse consigo mismo, con todos y cada uno de los recovecos de su complexión física. Empezó con las manos, aquellas manos fuertes y hábiles que nunca le habían fallado…las palmas, los dedos, las uñas, e incluso la capa de polvo negruzco que, de seguro, se había adherido bajo ellas... No, no habría renunciado a nada. No lo había hecho antes y no lo haría entonces. Continuó con las muñecas, huesudas pero flexibles; los antebrazos, aquellos antebrazos tan voluminosos y surcados de marcadas venas azules que, al hacer fuerza, se hinchaban como si quisieran reventar…Su pecho, peludo, amplio y generoso, asiento de su corazón y de sus emociones más profundas, lugar en el que había estrechado a la mujer que amaba y donde esperaba volver a hacerlo… y poco a poco su vientre, su sexo, sus piernas, -muslos, rodillas, pantorrillas- y sus pies… todos fueron tomando consistencia a medida que los introducía en su memoria…
Y de repente la portezuela de su diminuto calabozo se abrió, y la luz, esa luz que había implorado a Dios volver a ver y cuyo color y naturaleza diríase que había olvidado, cegó sus ojos, volviendo el negro opaco en un blanco insondable. Unas manos lo agarraron por las axilas y lo desencajonaron sin el menor miramiento de la minúscula caja donde había vivido toda una vida. Los huesos crujieron en una desordenada y macabra sinfonía; por un momento creyó que sus músculos se desgarrarían del dolor. Perdió el sentido. Al recobrarlo percibió que seguían agarrándolo por las axilas, pero esta vez lo arrastraban por el suelo. Seguía sin ver cuando lo sentaron en una silla y le ataron las manos a la espalda; el blanco de la luz que veían sus ojos seguía siendo impenetrable. No podía saber si había un foco apuntando hacia su cara, o si sencillamente sus retinas, amalgamadas ya con la oscuridad, habían olvidado cómo procesar los fotones.
La voz que sonó detrás de él repitió más o menos lo que él ya conocía. Claudica y todo esto acabará. Prefirió guardar silencio.
Una voz más joven pero más pérfida dijo entonces: “Haremos de tu vida un infierno; no habrá esperanza para ti; en este lugar ni siquiera el cielo puede ayudarte”
Y en ese mismo instante, con la espontaneidad de las cosas que no pueden prever ni siquiera quienes las hacen, aquel hombre que había vivido toda su vida en la absoluta e íntima libertad que sólo Dios puede conceder , aquel hombre que se había hallado como Jonás en la estrechez del gran pez y no había perdido la cordura, aquel hombre que, en definitiva, había alcanzado la paz que supera todo pensamiento, echó hacia atrás la cabeza y profirió una límpida y cristalina carcajada que rebotó por toda la sala, rasgando el aire y haciendo añicos la hostil y tensa atmósfera. Segundos después, cuando el sonido de su risa aún se propagaba por el aire, aquel hombre pasó a estar en la memoria del Señor, libre de una vez por todas de la mano de sus opresores. Y en el fondo, los que contemplaban el cuerpo inerte y rodeado de sangre de aquel a quien habían probado por todos los medios de doblegar, sabían que aún muerto había ganado la batalla.
sábado, 13 de junio de 2009
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