Relatos cortos, reflexiones en voz alta, experiencias de vida y algún que otro recuerdo sentimental para mis amigos y compañeros, todos grumetes en este barco nuestro que es la vida; una vida que hemos decidido compartir. Para vosotros, esta bitácora.

miércoles, 12 de mayo de 2010

SOBRE TU TUMBA

Esto es un relato corto que he presentado a concurso (todavía no sé los resultados). Debía ocupar un folio en Arial 11 y el tema era impuesto, para los que piensen que soy un tanto lúgubre...

SOBRE TU TUMBA

Mientras estaba sentado sobre tu tumba, el caos primigenio se arremolinó sobre mi cabeza, engulléndolo todo. Era una mañana de abril, y, como si de emular un cuento de Lovecraft se tratara, bajé al camposanto donde reposaban mis antepasados sin un fin concreto. El abandono al que había quedado expuesto el lugar era evidente: la maleza crecía pródiga entre los nichos, y por si fuera poco el hecho de estar emplazado en las cercanías del bosque no hacía de su cuidado -que en alguna ocasión fue de la incumbencia de alguien- una tarea fácil. La humedad reinante impregnaba el aire con olores que aturdían los sentidos y la luz se filtraba entre las nubes como si la naturaleza pretendiera querer decir muchas cosas y optara finalmente por no decir ninguna.
Al llegar al viejo cementerio, me llamaron la atención nueve tumbas elevadas dispuestas en círculo de las que no guardaba memoria. Lo que me llamó la atención no fue no recordarlas, sino que todas estaban abiertas. Abiertas y vacías. Bueno, ciertamente no estaban vacías del todo. En cada una de ellas encontré artefactos que, en algunos casos, sólo alguien de mi familia hubiera podido reconocer. Desde el reloj de arena convencional hasta el reloj de cuerda cuyo modelo yo mismo seguía fabricando, algunos de los diversos artilugios que encontré se correspondían a la perfección con los planos cuya realización creía leyenda. Eran máquinas de medir el tiempo, irreales y fantásticas como las que dibujó Leonardo en sus sueños más visionarios y que habían sido diseñadas otrora por miembros de mi familia desaparecidos hacía mucho tiempo.
Entonces sucedió; el campanario tocó las doce de la mañana (¿o tal vez fuera la noche?), y los artilugios empezaron a funcionar, cada uno con su sonido característico. Los elementos, quietos y en calma, aullaron de repente sobre las tumbas con un gemido estremecedor. Siempre presente y asimismo surgido de la nada, el Tiempo, tomando la forma de un ermitaño cuyas pupilas eran relojes de arena, cerró uno por uno los sarcófagos de piedra, sobre cuyas tapas de dibujaban en orden (sólo ahora me daba cuenta) las letras que formaban la palabra H U M A N I D A D.
Y mientras el caos primigenio lo engullía todo, pensé: “¡Oh, humanidad, infeliz sea mi estirpe, que adoró sin pretenderlo a aquel que desde el principio te enterró en vida!”

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