Traducción del catalán de un relato corto que escribí a los 14 años y con el que gané el 2º premio los Juegos Florales en categoría juvenil.
Te vi entrar y salir calladamente de la cámara sellada, pero no quise dar crédito a mis ojos.
Contemplamos cómo el tiempo se te agotaba, cómo se escurría de entre tus dedos como si de agua se tratara. Sopló en demasía el viento y empujó con toda su fuerza la arena de tu frágil reloj. Lo sabíamos, pero no hicimos caso.
“Me voy”, decían tus labios esbozando una triste sonrisa. Gritaban sin que te dieras cuenta; gritaban a voz en cuello y querían decir “’¡¡Vida,Vida, Vida!!”. Pero decían “Muerte”.
Lo anunciaba sin piedad tu tez lánguida y pálida mientras, enmarcados en tu rostro, tus ojos llenos de ilusiones apagaban lentamente su llama… Pero aún así, cuando el momento llegó, nadie pudo creer lo que el mundo entero anunciaba con un clamor desolado por los cuatro extremos de la Tierra. El mar bramó aquel día, el suelo se estremeció de furia, los ángeles lloraron y las estrellas guardaron luto.
Y mientras mi corazón se hacía pedazos al escuchar tu nombre repitiéndose con cada ola batiendo contra en las rocas, oí a los hombres preguntando extrañados qué hacía temblar cada rincón de la madre Naturaleza. Así fue como los pocos que nos amaron respondieron entre lágrimas: “El hermano de Tarsis ha muerto”.
Iorgos, mi hermano Iorgos, hijo de la desgracia, hijo de la voluntad: moriste una noche fría y ni siquiera puede decirte adiós. Rodeado tánsolo de los recuerdos que ahora nos rodean, sufriste la última agonía mientras la dama oscura preparaba para ti un lecho de soledad. Escuchó Dios, sin embargo, nuestras plegarias, y no padeciste demasiado. Y aún así, todavía hoy suenan los ecos de la nostalgia, mientras la sombra del tiempo lucha encarnizadamente para alejarte de mí, para conseguir que te olvide…
Aún hoy, Iorgos, correría camino a casa para hablarte, para explicarte cosas más grandes que el mismísimo mar, más inmensas que el universo…Y a veces todavía abro la puerta con la esperanza, verde como tus ojos, de verte sentado en el sofá o ante el piano, tocando con dificultad las mismas piezas que ambos acabamos dejando por imposibles.
Pero no estás. Únicamente la sala vacía, en la que danza sin descanso la música de nuestra existencia, girando con lentitud, girando deprisa, pero allí, a punto para recordarme que no te tendré más mientras el mundo sea como lo conocemos ahora.
Iorgos, mi hermano Iorgos…Siempre estarás conmigo, y en el corazón de los que te quisieron, hasta que muramos y el solo recuerdo de nuestras miserables existencias se extinga bajo el polvo de los siglos, sin misericordia. Pero mientras tanto, sabrás como sabe el sol por dónde salir cada mañana, sabrás porque, cierto como el Dios vivo es que nunca lo dudaste, que te quiero, Iorgos. Te quiero y te querré aún cuando pierda la cordura y aún cuando la bóveda celeste que cubre a los hombres, eterna y etérea, desaparezca como el temor después de la tormenta.
Iorgos, mi amado Iorgos…
miércoles, 2 de febrero de 2011
miércoles, 15 de diciembre de 2010
El efecto boomerang. Capítulo 2
De algún modo Raúl consiguió encontrarme un sitio para sentarme y convencerme para que lo hiciera, pues rara vez me acomodo si sé que mi acompañante va a quedarse de pie. No habrían pasado ni cinco minutos cuando, desde la parte delantera del autobús se abrió paso un individuo notablemente alto con facciones tan eslavas como las de la mujer de la que acababa de despedirme. No fue, sin embargo, ni su altura ni su fisionomía lo que me llamó la atención. A todas luces aquel hombre se encontraba mal, terriblemente mal: su rostro estaba desencajado y su piel, pálida como la cera, empezaba adquirir una tonalidad verdosa nada saludable. No debía de estar a ni a dos pasos de nosotros cuando, de repente, se llevó la mano a la boca conteniendo una súbita náusea, mientras con la otra se aferraba a la ventana más próxima, consiguiendo, para el asombro de todos, abrirla para expulsar el vómito fuera. Casi pude oír las maldiciones e improperios varios que el conductor del automóvil de al lado profirió contra el maltrecho pasajero antes de que el coche de línea diese un giro y le perdiéramos de vista.
El hombre se tambaleó momentáneamente, presa del mareo, y yo me levanté sin pensar señalándole mi asiento. No tuve que insistir; el hombre se desplomó en él sin más, pero pocos segundos más tarde, cayendo en la cuenta de que de su boca y barbilla aún estaban sucias, empezó a rebuscar en sus bolsillos tratando de encontrar con qué limpiárselas. Fue entonces cuando sucedió. Recuerdo con toda claridad la mano tendida de Raúl sujetando un pañuelo blanco, limpio y pulcramente doblado en el ángulo de la mirada del eslavo. Le estaba ofreciendo su pañuelo de tela, con sus iniciales bordadas. El hombre miró el objeto ante sí por un segundo, y luego le miró a él antes de tomarlo en una mezcla de sorpresa e incredulidad. Había recobrado la consciencia y la expresión de sus ojos era todo un poema.
Tal vez hubiera ocurrido algo más de no haber sido porque el conductor, aprovechando una parada, salió de la cabina alertado por los pasajeros y le preguntó al hombre si se encontraba bien. En un castellano precario, el hombre dijo que sí, mientras nosotros nos preparábamos para bajar y,buscando la salida,le perdíamos de vista entre el gentío.
El hombre se tambaleó momentáneamente, presa del mareo, y yo me levanté sin pensar señalándole mi asiento. No tuve que insistir; el hombre se desplomó en él sin más, pero pocos segundos más tarde, cayendo en la cuenta de que de su boca y barbilla aún estaban sucias, empezó a rebuscar en sus bolsillos tratando de encontrar con qué limpiárselas. Fue entonces cuando sucedió. Recuerdo con toda claridad la mano tendida de Raúl sujetando un pañuelo blanco, limpio y pulcramente doblado en el ángulo de la mirada del eslavo. Le estaba ofreciendo su pañuelo de tela, con sus iniciales bordadas. El hombre miró el objeto ante sí por un segundo, y luego le miró a él antes de tomarlo en una mezcla de sorpresa e incredulidad. Había recobrado la consciencia y la expresión de sus ojos era todo un poema.
Tal vez hubiera ocurrido algo más de no haber sido porque el conductor, aprovechando una parada, salió de la cabina alertado por los pasajeros y le preguntó al hombre si se encontraba bien. En un castellano precario, el hombre dijo que sí, mientras nosotros nos preparábamos para bajar y,buscando la salida,le perdíamos de vista entre el gentío.
miércoles, 1 de diciembre de 2010
El efecto boomerang. Capítulo 1
El día que le mi chal a aquella anciana prácticamente desconocida con la plena consciencia de que no volvería a recuperarlo, no imaginé ni por un momento que aquel gesto tan nimio, tan simple, acabaría salvándome la vida años después.
Era una asfixiante tarde de agosto en la que el calor, amalgamado con la humedad, se burlaba con descaro de los sistemas de ventilación del abarrotado autobús en el que viajábamos, por no mencionar los fútiles intentos de mover un aire inexistente con toda clase de improvisados abanicos.
Sentada frente a mí estaba María Horoshila, una mujer de pelo blanco peinado hacia atrás y recogido en un pulcro moño a la altura de la nuca. Su rostro reflejaba una bondad natural que la hacía parecer una afable abuelita de cuento; las gruesas gafas que usaba para leer colgaban de su cuello y reflejaban el sol poniente. María era la madre de la amiga de una amiga; llevaba en las venas la sangre de varias nacionalidades -rumana, polaca, rusa y tal vez otras de las que ni ella misma tenía consciencia- y prácticamente acabábamos de conocernos. Poco antes de que cogiéramos el transporte público, mientras me contaba con el ruso fluido propio de quienes han pasado por la educación soviética cómo había venido para substituir en el trabajo a su hija enferma, deambulamos por diversos puestecillos de ropa, buscando sin éxito un foulard con que abrigarse en el tren que la llevaría hasta el aeropuerto de Madrid. Eran cinco horas desde Barcelona hasta la capital en horario nocturno, y el sistema de aire acondicionado, en su afán de eficiencia, llegaba a resultar algo excesivo para un pasaje vespertino que, en su mayoría, prefería ocupar el trayecto durmiendo.
Al cabo de poco rato llegamos a la estación de tren, que era el lugar adonde yo la acompañaba y donde nuestros caminos habían de separarse. Antes de despedirnos saqué de mi bolso un viejo chal que solía llevar encima por costumbre; era largo y lo suficientemente tupido como para servir de improvisado abrigo, de modo que, tendiéndoselo a María, le pregunté si le sería útil. Su expresión de grata sorpresa y agradecimiento fueron la mejor respuesta que hubiera podido darme. Me aseguró que algún día me devolvería el favor si tenía ocasión, pero ambas sabíamos que las posibilidades de que volviéramos a encontrarnos eran escasas; yo por mi parte no esperaba volver a verla.
Habría preferido la comodidad y la rapidez del metro para volver a casa de no haberme encontrado con Raúl. Cuando, tiempo después, despareció de mi vida para cumplir la noble misión que se había propuesto realizar en un país lejano atendiendo a niños huérfanos y desamparados, llegué a comprender que su presencia me hipnotizaba y atraía con un imán porque estaba enamorada de él. Quizá por ello cuando me propuso coger el autobús no titubeé, a pesar de que el recuerdo del terrible viaje de ida hubiera podido ser un revulsivo más que suficiente...
Era una asfixiante tarde de agosto en la que el calor, amalgamado con la humedad, se burlaba con descaro de los sistemas de ventilación del abarrotado autobús en el que viajábamos, por no mencionar los fútiles intentos de mover un aire inexistente con toda clase de improvisados abanicos.
Sentada frente a mí estaba María Horoshila, una mujer de pelo blanco peinado hacia atrás y recogido en un pulcro moño a la altura de la nuca. Su rostro reflejaba una bondad natural que la hacía parecer una afable abuelita de cuento; las gruesas gafas que usaba para leer colgaban de su cuello y reflejaban el sol poniente. María era la madre de la amiga de una amiga; llevaba en las venas la sangre de varias nacionalidades -rumana, polaca, rusa y tal vez otras de las que ni ella misma tenía consciencia- y prácticamente acabábamos de conocernos. Poco antes de que cogiéramos el transporte público, mientras me contaba con el ruso fluido propio de quienes han pasado por la educación soviética cómo había venido para substituir en el trabajo a su hija enferma, deambulamos por diversos puestecillos de ropa, buscando sin éxito un foulard con que abrigarse en el tren que la llevaría hasta el aeropuerto de Madrid. Eran cinco horas desde Barcelona hasta la capital en horario nocturno, y el sistema de aire acondicionado, en su afán de eficiencia, llegaba a resultar algo excesivo para un pasaje vespertino que, en su mayoría, prefería ocupar el trayecto durmiendo.
Al cabo de poco rato llegamos a la estación de tren, que era el lugar adonde yo la acompañaba y donde nuestros caminos habían de separarse. Antes de despedirnos saqué de mi bolso un viejo chal que solía llevar encima por costumbre; era largo y lo suficientemente tupido como para servir de improvisado abrigo, de modo que, tendiéndoselo a María, le pregunté si le sería útil. Su expresión de grata sorpresa y agradecimiento fueron la mejor respuesta que hubiera podido darme. Me aseguró que algún día me devolvería el favor si tenía ocasión, pero ambas sabíamos que las posibilidades de que volviéramos a encontrarnos eran escasas; yo por mi parte no esperaba volver a verla.
Habría preferido la comodidad y la rapidez del metro para volver a casa de no haberme encontrado con Raúl. Cuando, tiempo después, despareció de mi vida para cumplir la noble misión que se había propuesto realizar en un país lejano atendiendo a niños huérfanos y desamparados, llegué a comprender que su presencia me hipnotizaba y atraía con un imán porque estaba enamorada de él. Quizá por ello cuando me propuso coger el autobús no titubeé, a pesar de que el recuerdo del terrible viaje de ida hubiera podido ser un revulsivo más que suficiente...
viernes, 26 de noviembre de 2010
Viraje
Nuevos aires llegan a mi blog. Me he decidido a meter en el baúl todas las historias de dolor, tristeza y miseria personal que iban siendo la norma. Dado que cualquier viraje puede resultar mal si es demasiado brusco, los cambios hacia más nuevos y alegres horizontes serán paulatinos, empezando por un relato que tiene por pretensión demostrar que los seres humanos no estamos tan solos como creemos y que cuantas cosas hacemos en la vida, cuantos gestos tenemos para con los demás, sean buenos o malos, acaban volviendo a nosotros tarde o temprano. Y sí, esta vez me centraré en cómo gestos de bondad que parecen nimios vuelven para recompensar a quien no por ello se abstuvo de realizarlos...
miércoles, 8 de septiembre de 2010
So many partings

A lo largo del presente año 2010 he enterrado a los tres abuelos que aún me quedaban, a saber, mi abuela paterna en enero, mi abuelo parterno en marzo y mi abuelo materno en mayo, (éste último tras un agónico proceso de enfermedad que duró todo el mes de abril).
A la tristeza propia de perder a familiares queridos y de percibir su ausencia en cada uno de los rincones donde ha quedado algo que, faltando ellos, ha perdido su razón de ser, le ha sucedido con el tiempo la consciencia de un hecho que, si bien es lógico, me parece especialmente trágico. Con la desaparición de la generación más anciana de mi familia desaparecen todos aquellos que conocieron un mundo del que ahora sólo hablan los libros y las películas de Berlanga, y que, pese a estar a la vuelta de la pasada esquina, nos parece ignoto e incluso surrealista. Han desaparecido los testigos presenciales de España de la posguerra, esa España rancia y profunda sumida en la miseria, los prejuicios y el fanatismo religioso; una España contradictoria, depauperada, hambrienta e ignorante, pero al mismo tiempo llena de gentes tremendamente humanas y de valores que hoy sólo aspiran a producir risa, cuando lo que deberían es producirnos lástima, lástima de que se hayan quedado atrás.
A la tristeza propia de perder a familiares queridos y de percibir su ausencia en cada uno de los rincones donde ha quedado algo que, faltando ellos, ha perdido su razón de ser, le ha sucedido con el tiempo la consciencia de un hecho que, si bien es lógico, me parece especialmente trágico. Con la desaparición de la generación más anciana de mi familia desaparecen todos aquellos que conocieron un mundo del que ahora sólo hablan los libros y las películas de Berlanga, y que, pese a estar a la vuelta de la pasada esquina, nos parece ignoto e incluso surrealista. Han desaparecido los testigos presenciales de España de la posguerra, esa España rancia y profunda sumida en la miseria, los prejuicios y el fanatismo religioso; una España contradictoria, depauperada, hambrienta e ignorante, pero al mismo tiempo llena de gentes tremendamente humanas y de valores que hoy sólo aspiran a producir risa, cuando lo que deberían es producirnos lástima, lástima de que se hayan quedado atrás.
miércoles, 11 de agosto de 2010
Agujeros negros de la mente

Hay momentos en mi vida en los que creo percibir huecos existenciales inquietantes. Todo parece tener la forma de siempre, y sin embargo algo no funciona o de repente está fuera de lugar.
Si analizo mi conducta, saltan a la vista patrones de comportamiento fácilmente predecibles; tan predecibles que puedo llegar a parecer una persona aburrida. Compro siempre en el mismo sitio y casi siempre los mismos productos, con pequeñas variaciones. Limpio mi casa los lunes; los viernes cojo películas de la biblioteca. Duermo en una cama de matrimonio pero siempre empleo el espacio mínimo posible, como si la frase que los indios le dijeron a Alejandro Magno al verle llegar se me hubiese quedado grabada a fuego en la cabeza. Me valgo de la rutina como de un mástil al que agarrarme, y aunque esa rutina dure poco (en el caso de un viaje, por ejemplo), su observación metódica me hace sentir segura. Un buen día, sin embargo, agarro la batidora por el asa con la mano izquierda, y, mientras me pregunto porqué no veo el dibujo que me indica cómo hacerla encajar en la base, me doy cuenta de que la estoy cogiendo del revés, pues tres cuartas partes del mundo son diestros, y eso me desorienta momentáneamente.
Soy consciente de que tales afirmaciones pueden llevar a confusión, pues a pesar de mis necesidades metódicas, soy una persona tremendamente adaptable, pero aún así no puedo dejar de ver en mí automatismos inherentes, mecanismos de supervivencia accionados con el propósito de que no tenga tantas cosas que cuestionarme. Cuando estos automatismos dejan algún punto sin respuesta, sin embargo, me invade un extraño desasosiego; me veo frente a un precipicio de cuestiones y dudas que adquieren formas gigantescas, que me abocan a dimensiones desconocidas e intimidantes: me siento ante la puerta de un agujero negro, como si la vida me estuviera diciendo algo que no oigo con claridad.
Estos “agujeros negros” de la razón y el entendimiento lógico se van repitiendo en mi vida cada vez con más frecuencia, como cuando en mi infancia recorría con soltura la cinta de Moebius sin saber siquiera lo que estaba haciendo, enlazando consciente y subconsciente, adentrándome en los mundos metafísicos que, con el paso de los años, me cerraron sus puertas y me negaron sus secretos, pero esta vez sin la seguridad que caracteriza a la ignorancia inocente y la temeridad infantil.
Un día de tormenta levanto la cabeza al cielo encapotado y sé que hay alguien en alguna parte que está haciendo lo mismo que yo, pensando lo mismo en lo que yo pienso y haciéndolo al mismo tiempo, y sin embargo no puedo explicar ni cómo ni por qué lo sé; sencillamente lo siento, y de nuevo sé que se me escapa algo.
Otras veces, raras y escasas, casi creo poder vislumbrar lo que hay detrás de tan enigmáticas puertas:
El día que fuimos a recoger las cenizas de mi abuelo fue un día de intensa lluvia. Subimos al Jardín del Reposo en el cementerio de Collserola con el agua cayendo a plomo sobre nuestras cabezas como en una novela gótica, y entre las placas conmemorativas que anuncian las personas cuyos restos yacen allí la vi, reluciente, sencilla y sin cruces, junto a la que llevaba el nombre de mi abuela: la placa de Juan Ginés Márquez Rojas, 1976-1993. Para mi sorpresa se me empañaron los ojos; una dimensión entera largamente olvidada vino a mi encuentro. Mi hermano había sido real, no una ilusión infantil, no un recuerdo distorsionado de un ente desconocido o la creación fantasiosa de una mente intoxicada. Mi hermano, cuya ausencia ha dejado en mi mente y emociones cicatrices tan hondas como las que luce en su cuerpo un herido de guerra, volvía a mí desde la habitación en que había desterrado su recuerdo. El sonido del piano que me había acostumbrado a escuchar a lo lejos en algún lugar de mi cabeza, como un hilo ignorado de música ambiental, pasó a estar en la sala principal de mi consciente activo. Y entonces entendí lo que se me había escapado todo ese tiempo. Ésta puerta, ésta dimensión me hizo entender con dolor que he olvidado quién era él, cómo era, qué pensaba, qué le gustaba, cuales eran sus miedos y cuáles sus esperanzas. Y la parte que no olvidé, sencillamente nunca llegué a conocerla, o tal vez, comprenderla, de modo que, de todo lo que mi hermano fue sólo queda el amor que sé que me tenía y el amor desmedido que le tenía yo, que me habría llevado a dar la vida a cambio de la suya sin dudarlo y que me llevaría a hacerlo ahora de tener la oportunidad. Y esta vez, tal vez como un privilegio, sé que se me escapa algo, pero sé bien lo que es, aunque saberlo no sea un gran consuelo…
Qué relación tienen el episodio de la batidora, el de la tarde de lluvia y el del entierro de mi abuelo (sin mencionar tantos otros igual de fortuitos y extraños), no lo sé, pero reconozco que entre ellos existe un vínculo, un hilo fantasma y, una vez más, se que hay algo, ALGO que, como viene siendo costumbre, está más allá de lo que se me concede ver.
Si analizo mi conducta, saltan a la vista patrones de comportamiento fácilmente predecibles; tan predecibles que puedo llegar a parecer una persona aburrida. Compro siempre en el mismo sitio y casi siempre los mismos productos, con pequeñas variaciones. Limpio mi casa los lunes; los viernes cojo películas de la biblioteca. Duermo en una cama de matrimonio pero siempre empleo el espacio mínimo posible, como si la frase que los indios le dijeron a Alejandro Magno al verle llegar se me hubiese quedado grabada a fuego en la cabeza. Me valgo de la rutina como de un mástil al que agarrarme, y aunque esa rutina dure poco (en el caso de un viaje, por ejemplo), su observación metódica me hace sentir segura. Un buen día, sin embargo, agarro la batidora por el asa con la mano izquierda, y, mientras me pregunto porqué no veo el dibujo que me indica cómo hacerla encajar en la base, me doy cuenta de que la estoy cogiendo del revés, pues tres cuartas partes del mundo son diestros, y eso me desorienta momentáneamente.
Soy consciente de que tales afirmaciones pueden llevar a confusión, pues a pesar de mis necesidades metódicas, soy una persona tremendamente adaptable, pero aún así no puedo dejar de ver en mí automatismos inherentes, mecanismos de supervivencia accionados con el propósito de que no tenga tantas cosas que cuestionarme. Cuando estos automatismos dejan algún punto sin respuesta, sin embargo, me invade un extraño desasosiego; me veo frente a un precipicio de cuestiones y dudas que adquieren formas gigantescas, que me abocan a dimensiones desconocidas e intimidantes: me siento ante la puerta de un agujero negro, como si la vida me estuviera diciendo algo que no oigo con claridad.
Estos “agujeros negros” de la razón y el entendimiento lógico se van repitiendo en mi vida cada vez con más frecuencia, como cuando en mi infancia recorría con soltura la cinta de Moebius sin saber siquiera lo que estaba haciendo, enlazando consciente y subconsciente, adentrándome en los mundos metafísicos que, con el paso de los años, me cerraron sus puertas y me negaron sus secretos, pero esta vez sin la seguridad que caracteriza a la ignorancia inocente y la temeridad infantil.
Un día de tormenta levanto la cabeza al cielo encapotado y sé que hay alguien en alguna parte que está haciendo lo mismo que yo, pensando lo mismo en lo que yo pienso y haciéndolo al mismo tiempo, y sin embargo no puedo explicar ni cómo ni por qué lo sé; sencillamente lo siento, y de nuevo sé que se me escapa algo.
Otras veces, raras y escasas, casi creo poder vislumbrar lo que hay detrás de tan enigmáticas puertas:
El día que fuimos a recoger las cenizas de mi abuelo fue un día de intensa lluvia. Subimos al Jardín del Reposo en el cementerio de Collserola con el agua cayendo a plomo sobre nuestras cabezas como en una novela gótica, y entre las placas conmemorativas que anuncian las personas cuyos restos yacen allí la vi, reluciente, sencilla y sin cruces, junto a la que llevaba el nombre de mi abuela: la placa de Juan Ginés Márquez Rojas, 1976-1993. Para mi sorpresa se me empañaron los ojos; una dimensión entera largamente olvidada vino a mi encuentro. Mi hermano había sido real, no una ilusión infantil, no un recuerdo distorsionado de un ente desconocido o la creación fantasiosa de una mente intoxicada. Mi hermano, cuya ausencia ha dejado en mi mente y emociones cicatrices tan hondas como las que luce en su cuerpo un herido de guerra, volvía a mí desde la habitación en que había desterrado su recuerdo. El sonido del piano que me había acostumbrado a escuchar a lo lejos en algún lugar de mi cabeza, como un hilo ignorado de música ambiental, pasó a estar en la sala principal de mi consciente activo. Y entonces entendí lo que se me había escapado todo ese tiempo. Ésta puerta, ésta dimensión me hizo entender con dolor que he olvidado quién era él, cómo era, qué pensaba, qué le gustaba, cuales eran sus miedos y cuáles sus esperanzas. Y la parte que no olvidé, sencillamente nunca llegué a conocerla, o tal vez, comprenderla, de modo que, de todo lo que mi hermano fue sólo queda el amor que sé que me tenía y el amor desmedido que le tenía yo, que me habría llevado a dar la vida a cambio de la suya sin dudarlo y que me llevaría a hacerlo ahora de tener la oportunidad. Y esta vez, tal vez como un privilegio, sé que se me escapa algo, pero sé bien lo que es, aunque saberlo no sea un gran consuelo…
Qué relación tienen el episodio de la batidora, el de la tarde de lluvia y el del entierro de mi abuelo (sin mencionar tantos otros igual de fortuitos y extraños), no lo sé, pero reconozco que entre ellos existe un vínculo, un hilo fantasma y, una vez más, se que hay algo, ALGO que, como viene siendo costumbre, está más allá de lo que se me concede ver.
sábado, 17 de julio de 2010
Lea usted a Galdós

No hará mucho tiempo adquirí en un puesto callejero y a precio de saldo un libro que contenía dos de los Episodios Nacionales de Benito Pérez Galdós, a saber, Trafalgar y La Corte de Carlos IV. Comprarlos fue un acto casi mecánico, acostumbrada como estoy de mis no tan lejanos días de estudiante a rebuscar en los mercados y trastiendas a la caza de ejemplares de clásicos literarios -por lo general impresos en papel basto y con cubiertas de cartón igualmente bastas, pero en definitiva clásicos - a un precio ajustado a mi modesta economía.
Una vez en casa, aquel tomo granate que llevaba por portada uno de los grabados de Goya de Los desastres de la guerra pasó a la pila de los tantos otros libros, también clásicos literarios por lo general, que compiten por captar mi atención y a los que dedico mucho menos tiempo de lo que desearía. No sé muy bien qué día ni cómo empecé a leer el segundo relato -a mi parecer más español, es decir, más familiar- del ya mencionado volumen; probablemente me venció la curiosidad a pesar de que, ignorante de mí, esperaba encontrarlo soporífero.
No me malinterprete el lector: no soy una esnob que compra libros célebres sólo por tenerlos en una estantería, ni una adicta al best-seller de retórica fácil. He leído muchos de los clásicos españoles de todas las épocas: el ineludible Cervantes, el lúcido Fígaro, el bohemio Valle-Inclán… Y he flirteado, por así decirlo, con los elementales de otras literaturas, con especial predilección por los de aquellos países cuyas lenguas traduzco: los rusos, los ingleses, los catalanes, pero también los chinos, los checos, etc. Sin embargo, en un afán comprensible de abrir la mente a otros pensamientos e ideas, de observar y comprender otras formas de plantearse la vida, algunas de las más geniales figuras de nuestro fabuloso elenco nacional quedaron relegadas al olvido, siendo Galdós en estos momentos un ejemplo de lo más notorio. Desde la primera frase del primer capítulo de La Corte de Carlos IV quedé asombrada, anonadada y completamente prendada del halo de perfección que envuelve a los relatos de este titán de las letras: la construcción de las frases es de una pulcritud inverosímil, la exposición de las ideas guarda una correlación y una corrección que ni en sus sueños más osados logrará tener esta humilde escritora, y su dominio del vocabulario es la envidia de cualquier traductor que merezca ser llamado por ese nombre, de modo que,”la conclusión del asunto habiéndose oído todo”, como diría el sabio Salomón es, sencillamente, lea usted a Galdós si es que todavía no lo ha hecho, y no tenga reparos ni pereza en rescatar del baúl a todos los grandes escritores españoles de toda época sin menospreciar a ninguno, pues invirtiendo tiempo en ellos no sólo aumentará en cultura, se reafirmará en el conocimiento de nuestra rica y hermosa lengua y crecerá en su dimensión humana, sino que, como es mi caso, se sorprenderá a sí mismo pasando un tiempo de lo más entretenido.
Una vez en casa, aquel tomo granate que llevaba por portada uno de los grabados de Goya de Los desastres de la guerra pasó a la pila de los tantos otros libros, también clásicos literarios por lo general, que compiten por captar mi atención y a los que dedico mucho menos tiempo de lo que desearía. No sé muy bien qué día ni cómo empecé a leer el segundo relato -a mi parecer más español, es decir, más familiar- del ya mencionado volumen; probablemente me venció la curiosidad a pesar de que, ignorante de mí, esperaba encontrarlo soporífero.
No me malinterprete el lector: no soy una esnob que compra libros célebres sólo por tenerlos en una estantería, ni una adicta al best-seller de retórica fácil. He leído muchos de los clásicos españoles de todas las épocas: el ineludible Cervantes, el lúcido Fígaro, el bohemio Valle-Inclán… Y he flirteado, por así decirlo, con los elementales de otras literaturas, con especial predilección por los de aquellos países cuyas lenguas traduzco: los rusos, los ingleses, los catalanes, pero también los chinos, los checos, etc. Sin embargo, en un afán comprensible de abrir la mente a otros pensamientos e ideas, de observar y comprender otras formas de plantearse la vida, algunas de las más geniales figuras de nuestro fabuloso elenco nacional quedaron relegadas al olvido, siendo Galdós en estos momentos un ejemplo de lo más notorio. Desde la primera frase del primer capítulo de La Corte de Carlos IV quedé asombrada, anonadada y completamente prendada del halo de perfección que envuelve a los relatos de este titán de las letras: la construcción de las frases es de una pulcritud inverosímil, la exposición de las ideas guarda una correlación y una corrección que ni en sus sueños más osados logrará tener esta humilde escritora, y su dominio del vocabulario es la envidia de cualquier traductor que merezca ser llamado por ese nombre, de modo que,”la conclusión del asunto habiéndose oído todo”, como diría el sabio Salomón es, sencillamente, lea usted a Galdós si es que todavía no lo ha hecho, y no tenga reparos ni pereza en rescatar del baúl a todos los grandes escritores españoles de toda época sin menospreciar a ninguno, pues invirtiendo tiempo en ellos no sólo aumentará en cultura, se reafirmará en el conocimiento de nuestra rica y hermosa lengua y crecerá en su dimensión humana, sino que, como es mi caso, se sorprenderá a sí mismo pasando un tiempo de lo más entretenido.
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